domingo, 17 de enero de 2010

Cartas a Galdós



En 1978 Carmen Bravo Villasante publicó las cartas que Emilia Pardo Bazán envió a Benito Pérez Galdós. Este epistolario es clave para entender la biografía de ambos escritores y para entender la génesis de algunas obras.



Esta correspondencia parece datar de 1889. Las cartas anteriores, que debieron ser muchas, no las conocemos. Es evidente que entre ellos existía una mutua simpatía y admiración pero el espistolario amoroso se inicia después de una larga amistad, nacida de una afinidad literaria, en la , como es de suponer, al principio existirían unas relaciones de discípula y maestro. En sus cartas Emilia emplea dulces diminutivos y hace referencia a citas en la calle de la Palma, junto a la iglesia de Maravillas, algunas veces denominada Maravillas Church y Palma Strasse. Emilia, unas veces, firma como Porcia, posible referencia a un personaje femenino de Shakespeare, y otras veces Matilde, al tiempo que le da a su amado Galdós el nombre de Selim-Ahdel, célebres personajes de la novela tan léida Matilde en el Oriente, publicadas en 1830








Y de pronto una carta brutal, sorpendente, desvela los sobresaltos sentimentales que sufre Galdós. El escritor canario, en una carta cuyo contenido desconocemos, aunque adivinamos, acusa a la Pardo Bazán de una infidelidad, y aquí viene lo sorpendente: ella, en vez de negar, se confiesa culpable.






La historia es la siguiente: el 18 de mayo se inaugura en Barcelona la Eposición Universal. El 20 de mayo llega la Pardo y Galdós, y Narcís Oller va a esperarla a la estación. Galdós sólo permanece en Barcelona tres días. El 27 de mayo, como Oller, la acompaña en toda la Exposición, se encuentra con su amigo Lázaro Galdiano, que se convierte ahora en el acompañante de la Pardo, al tener mucho trabajo Oller.










Alguien informa a Galdós de lo sucedido, es posible que fuera el mismo Oller . El caso es que al enterarse de lo Barcelona, Galdós se lo reprocha. Ella reconoce su infidelidad. Este episodio lo reflejará la Pardo en su novelita Insolación y Galdós lo plasmará en La incógnita y en Realidad. Lo interesante es ver cómo un mismo hecho se presenta desde dos puntos de vista. Para ella es una historia galante, frívola, sin trascendencia, divertida; para él es algo trágico reflexivo, torturante, que se sublima en comprensión y tolerancia, después de un esfuerezo de autodominio muy galdosiano. A él le afecta profundamente, aunque lo disculpe y lo perdone; ella lo siente, pero su vitalidad le impide convertirlo en drama.










La unión de los dos es una de las historias más curiosas de la biografía literaria española, y explica el respeto mutuo que siempre se tuvieron al expresar sus opiniones críticas. Jamás Galdós censuró por escrito en reseña o comentario a doña Emilia, sólo tuvo para ella elogios, y cuando Pereda, Palacio Valdés y tantos otros la hacían blanco de sus sátiras, Galdós permanecía callado, que era una forma de no asentir. Jamás doña Emilia censuró a Galdós, sólo tuvo elogios para él, aunque criticase ligeramente Tristana , por razones que la afectaban directamente.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Mariano José de Larra y Dolores Armijo



Cuenta la leyenda oficial que Mariano José de Larra (18o9-1837) fue un hombre tumultuoso, emotivo y doliente, como correspondería al tópico del romántico; y que, en la flor de la edad y en la cumbre del éxito, enloqueció por una mujer casada y se voló la cabeza de un disparo por pura deseperanza enamorada.




En 1829, a los veinte años, se había casado con Pepita Wetoret, una niña bien con la que enseguida se llevó muy mal. El matrimonio resultó una catástrofe: Larra era un inmaduro que prefería irse a su tertulia del Parnasillo, en el café del Príncipe, antes que estar con su mujer o ganar dinero para la casa, y Pepita era una persona celosa e insufrible. Tuvieron tres hijos, peo el tercero, nacido en 1833, no fue nunca reconocido por Larra. A principios de 1834, Pepita abandonó el hogar, dejando a Larra con los niños. Mal que bien, él se hizo cargo de ellos. A veces los cuidaba con mimo paternal; a veces les depositaba durante temporadas en casa de sus padres.




La ruptura final del matrimonio final del matrimonio de Larra vino empujada por la relación, conflictiva e intermitente, que éste mantenía con Dolores Armijo. Dolores era una sevillana morena y guapa que escribía poemas y que era la esposa de un tal José María Cambronero. Cuando Larra y ella se conocieron, en 1831, él tenía 22 años y ella apena 20. Los dos llevaban dos años casados, y los dos estaban desencantados de sus cónyuges. La historia es pública y notoria a principios de 1835. El marido de Dolores la saca de Madrid y la destierra a Badajoz. Larra salió detrás de ella acompañado por su amigo el conde de Campo Alange. Llegó hasta Badajoz, pero no consiguió verla; entonces se marchó hacia Portual y luego siguió hasta Londres, y después a París. Estaba huyendo del escándalo y de su propio dolor.




Al regresar de París, Larra se había puesto a buscar a Dolores deseperadamente. Al fin la localilzó a través de un amigo común: estaba en Ávila, pero no quería saber nada de él. Larra le mandó unas letrillas amorosas, y la única respuesta de la bella fue:"Buen hipócrita está"




El marido de Dolores la abandona en 1836. Fígaro debió de creer que, una vez libre, podrían amarse: no había entendido nada. Dolores ya no lo quería; de hecho, tenía otro amante. Dicen que Larra, perdidos por completo los papeles, retó en duelo al rival. Es de imaginar el horror de la mujer: había despertado la atracción fatal de un pelmazo patológico, de un indeseable que la había arrastrado por el escándalo y que seguía persigiéndola de manera inclemente años tras años.




El 13 de febrero de 1837 decidió poner fin a esa pesadilla. Le envió una carta a Larra muy de mañana diciendo que quería pasarse por su casa a hablar con él. Larra, enajenado por su pasión, creyó que venía a a hacer la paces. A la caída de la tarde recibió a Dolores, que llegó acompañada por una amiga. Mientras la amiga se quedaba discretamente en al antesala, Dolores y Larra vivían la violencia de la última escena. Él suplicaba; ella insistía en que todo había terminado para siempre y reclamaba sus cartas. Él no tuvo más remedio que admitir la realidad y le entregó las cartas a la mujer que salió de la habitación. Pero aún no le había dado tiempo a abandonar el piso cuando escuchó el estampido fatal del pistoletazo. Marinao José de Larra acababa de volarse la cabeza; le faltaban unas pocas semanas para cumplir 28 años. Llevaba seis meses pensando en suicidarse, pero ahora, al saltarse los sesos con tanta premura, en realidad se estaba vengando sádicamente de Dolores. Ningún biógrafo ha contado qué fue de esa mujer y si sobrevivió a tan brutal revancha.

martes, 17 de noviembre de 2009

Rosalía de Castro



Esta autora representa la poesía romántica sencilla e intimista, que perdura a finales del siglo XIX. El dolor estuvo muy presente en su vida desde su nacimiento, quizá por eso fue una mujer muy sensible al sufrimiento de los demás, sobre todo al de los débiles y desamparados: los pobres, los que deben emigrar para subsistir, los niños, los jóvenes abandonados. Todo ello configura una poesía de tono social, triste y melancólica. Asimismo, su obra manifiesta su identificación emocional con el paisaje gallego. Publicó narraciones y poemas. En gallego destaca la poesía de Cantares gallegos (1863) y Follas novas (1880); en castellano En las orillas del Sar (1884).












Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,


ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros;


lo dicen, pero no es cierto, pue siempre cuando y paso


de mí murmuran y exclaman:


-Ahí va la loca, soñando


con la eterna primavera de la vida y de los campos


y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,


y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.








-Hay canas en mi cabeza; hay en los prados escarcha;


mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,


con la eterna primavera de la vida que se apaga


y la perenne frescuar de los campos y las almás,


aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.








Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños;


sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?









En las orillas del Sar

lunes, 9 de noviembre de 2009

Gustavo Adolfo Bécquer



Nació en Sevilla (1836) aunque su familia era oriunda de Flandes. Quedó pronto huérfano, y lo acogió su madrina, Manuela Monahay, dama culta y sensible. Inició estudios de Náutica, que no pudo proseguir. Quiso ser pintor - como su padre y su hermano Valeriano-, y por fin, se consagró a las letras. A los dieciocho años se instala en Madrid, y pasa increíbles penurias escribiendo artículos y obras de teatro intrascendentes. A los veintiún años contrae la tuberculosis. Enamorado de la joven Julia Espí, la amó en silencio. Obtiene un cargo burocrático, pero es pronto despedido, porque "perdía" el tiempo escribiendo y dibujando. Amó con pasión a Elisa Guillén, que lo abandonó sumiéndolo en la desesperación. Se casa con Casta Esteban, tiene con ella dos hijos, y mantiene el hogar cjerciendo el periodismo. En política adopta una actitud conservadora. Su esposa le es infiel, y el matrimonio se separa. Arrastra una vida bohemia y viste con desaseo. Se reconcilió con Casta poco antes de morir en Madrid en 1870 a los treinta y cuatro años.






XXXVIII




Los suspiros son aire y van al aire,


las lágrimas son agua y van al mar.


Dime, mujer: cuando el amor se olvida


¿sabes tú a dónde va?




XXXV




No me admiró tu olvido. Aunque de un día


me admiró tu cariño mucho más;


porque lo que hay en mí que vale algo,


eso... ¡ni lo pudiste sospechar!






XVII




Hoy la tierrra y los cielos me sonríen;


hoy llega al fondo de mi alma el sol;


hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...


¡Hoy creo en Dios!




martes, 3 de noviembre de 2009

Francisco Ayala


Hoy ha fallecido Francisco Ayala y por eso quiero rendirle un pequeño homenaje en este blog.

Nació en Granada en 1906. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en Madrid. En 1934 obtiene la cátedra de Derecho Político de la Universidad Central. La sublevación militar de julio de 1936 lo sorprendió en Buenos Aires, donde se encontraba dando unas conferencias. Vuelve a España y se pone al servicio del Gobierno de la República como funcionario de Relaciones Exteriores. Al final de la guerra se traslada a París y más tarde a América, donde ejerce la docencia universitaria en Buenos Aires, Puerto Rico y Nueva York y Chicago. En 1960, después de veinte años de ausencia, pasa unos meses en España y a partir de entonces visitará con frecuencia su añorada patria.

En 1971 se le otorga el Premio de la Crítica por su obra El Jardín de las delicias. Poco a poco estrecha los lazos que le unen a su compatriotas. Hasta que se instala definitivamente en Madrid. Desde 1984 es miembro de la Real Academia de la Lengua Española y recibe el premio Cervantes en 1991.

Es un hombre polifacético que ha desarrollado su actividad intelectual en varios campos, como profesor de Sociología, Derecho político y Literatura, ensayista, crítico literario y autor de cuentos y novelas.

En su trayectoria literaria se distinguen dos etapas. La primera, antes de la guerra, se caracteriza por su tono imgaginativo y estetizante. En esta época estuvo vinculado al grupo de la "Revista de Occidente" y su concepción de la literatura se mantuvo dentro de los límites de lo que Ortega llamaría "arte deshumanizado".

La segunda etapa es la que corresponde al período del exilio. Ahora nos transmite una visión de la realidad amarga y desencantada. Para él, el mundo es una tragicomedia y el hombre un ser dominado por los vicios más abyectos. Destacan los relatos cortos, agrupados en diferentes libros: Los usurpadores (1949) y La cabeza del cordero (1949). Sus dos novelas más conocidas: Muertes de perro(1958) y El fondo del vaso (1962). Ambas, aunque independientes, constituyen las dos partes de un mismo tema: una dictadura hispanoamericana. Lo que le interesa al novelista es dejar constancia de los efectos que un régimen represivo produce en el interior de los hombres que lo viven. Las conclusiones a las que llega son pesimistas, demoledoras: el miedo, el instinto de conservación corrompen al hombre, que mata para poder seguir viviendo. En esta carrera de la destrucción de los otros, en esta lucha por la supervivencia, muchos son los que mueren como perros - de ahí el título de la primera novela- o descubren, al quedarse solos y llegar "al fondo del vaso", la tremenda miseria de la condición humana.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Don Juan Tenorio

Don Juan nace en una obra del siglo XVII, El Burlador de Sevilla. El interés que despierta este personaje lo ha hecho objeto de numerosas versiones a lo largo de los siglos. Don Juan Tenorio es, en la actualidad, la versión más popular como lo demuestra el hecho de que, desde hace un siglo, se sigue representando en muchos teatros de nuestro país alrededor del Día de los Difuntos.

La acción transcurre en Sevilla, en torno a 1545, a finales del reinado de Carlos I. La primera parte (dividida en cuatro actos) sucede en una única noche. La segunda (dividida en tres), cinco años después y en otra noche también.

PRIMERA PARTE

Don Juan apuesta con Don Luis que le quitará a su prometida, Doña Ana de Pantoja, y que además conquistará a una novicia. Al oír el desafío, el comendador Don Gonzalo de Ulloa, padre de Doña Inés, que llevaba en un convento desde su infancia y estaba destinada a casarse con Don Juan, deshace el matrimonio convenido.
Por la noche, Don Juan seduce a Doña Ana haciéndose pasar por su prometido. Después, escala los muros del convento donde está encerrada Doña Inés y la rapta. Don Juan y Doña Inés se enamoran locamente.



Don Luis y Don Gonzalo se enfrentan al protagonista en un duelo y mueren, por lo que Don Juan tiene que huir a Italia.

SEGUNDA PARTE

Cinco años más tarde, Don Juan regresa a Sevilla y visita el cementerio donde está enterrada Doña Inés, que murió de amor. Doña Inés también ha hecho una apuesta, pero con Dios: si logra el arrepentimiento del joven, los dos se salvarán pero, si no lo consigue, se condenarán eternamente.
Ante la tumba de Don Gonzalo, Don Juan se burla del espíitu del comendador invitándolo a cenar con él. Ante el asombro de D. Juan, el fantasma de Don Gonzalo se le aparece y le invita a su vez a compartir la mesa de piedra con él en el panteón.
Cuando el espíritu del Comendador está a punto de llevarse a Don Juan al infierno, Doña Inés interviene y le ruega que se arrepienta. La joven gana la apuesta y los dos suben al cielo.




martes, 27 de octubre de 2009

Goya y Fernando VII


En 1808, en medio de los trágicos acontecimientos que está viviendo España, Fernando VII posa una sola vez ante Goya. Cuando el "deseado" sube de nuevo al trono en 1814, Goya ejecuta varios retratos hechos a partir de los estudios realizados en 1808, en particular éste, con manto de corte y ostentando el collar del Toisón de Oro y la Orden de Carlos III. Es de señalar que Fernando VII jamás encargó su retrato a Goya, signo indudable de la antipatía existente entre ambos.

Goya, maravilloso retratista, llega al clímax de su capacidad de captación sicológica en este cuadro . No creo haya en toda la historia de la pintura europea otro retrato que llegue a representar y a expresar tan bien esa mezcla de fanatismo, de crueldad, de ignorancia, de que hacía gala ese personaje nefasto de la historia de España. Lo maravilloso del cuadro es cómo Goya es capaz de introducir todos esos atributos, tan negativos todos, y los logra concentrar en una especie de triángulo que va de la frente al mentón de Fernando VII. Esa frente es el paradigma de la ignorancia y la crueldad. Esa nariz retorcida es también el paradigma de esa especie de brutalidad histórica que tantas veces se ha dado en la historia de España. Ese torpe mentón es también el ejemplo de la torpeza del monarca que restauró la monarquía absoluta. Pero lo que ya realmente llega a los extremos son esos ojos, en los que se expresa la oblicuidad que puede tener el alma humana, su condición, unos ojos que exportan los submundos del alma, que en este caso eran submundos que llegaron a tener un poder desmesurado y absoluto. .